Entrevistas a nuestros autores: Joaquín Fabrellas

24204973_10156014281687728_1182366729_nPiedra Papel Libros: Buenos días, Joaquín. Iniciamos contigo esta serie de entrevistas a los autores de Piedra Papel Libros. No hay nada que huya rompió con casi diez años de silencio editorial, ¿cómo viviste ese largo periodo de creación y mutismo?

Joaquín Fabrellas: Bueno, parece una desgracia, pero en el fondo, no es tal, me dio tiempo para preparar el libro No hay nada que huya de una forma lenta y ordenada, revisando las referencias y remodelando ciertas asperezas. Incluso cuando he vuelto a releerlo había cosas que me parecían imperdonables. Además, fui preparando otros temas que se publicarían más tarde.

El silencio siempre es un buen momento para repensar tu estrategia, para definir dónde te encuentras. Nunca dejé de escribir, continué publicando artículos, reseñas y críticas literarias.

“El silencio siempre es un buen momento
para repensar tu estrategia,
para definir dónde te encuentras”

PPL: No hay nada que huya es un libro cuyo sujeto poético parece confundirse con el ecosistema natural, y también simbólico, en el que se desenvuelve el mismo. Difuminar las líneas del sujeto poético tal y como tú lo haces en esta obra nos seduce especialmente. ¿Puedes ampliarnos algo más sobre este tema?

JF: Sí, No hay nada que huya surge desde una naturaleza liminar. Hoy ya no existe la naturaleza, existe eso a lo que le ha dado a todo el mundo por ir, ahora ya son sitios visitables por todos. Yo desde pequeño siempre tuve una relación muy estrecha con lo natural, me crié en un pueblo de  la Sierra de Segura, y muchas de las imágenes del libro están sacadas de esa infancia, recuerdo cómo se acercaban los jabalíes al pueblo y cómo los ciervos nos miraban a los niños que jugábamos en el patio de la escuela, muy serios y distantes, y de ahí viene mi obsesión con los insectos, con las criaturas que habitan un submundo que de forma tan irresponsable, no damos importancia. Por  lo tanto la naturaleza de No hay nada que huya es una naturaleza olvidada, recreada por el discurso poético, es un canto de rechazo de lo urbano, una especie del beatus ille horaciano. Traté de dar una nueva significación a lo natural desde la semántica lírica.

PPL: Sergio R. Franco cierra la reseña de tu libro publicada en Paraíso diciendo que «No hay nada que huya de Joaquín Fabrellas es un libro de lectura altamente recomendable para aquellos lectores que no temen enfrentarse con un lenguaje desconcertado y desconcertante». ¿Crees que este tipo de lenguaje, desconcertado y desconcertante, al que alude Sergio, exige un lector que, aparte de valiente, sea avezado?

JF: Toda poesía requiere un lector avezado, el lector de poesía se enfrenta tarde o temprano con la necesidad de enunciar su propia realidad que se ha escindido de sus lecturas poéticas, de otra forma, no puede ser. Hay una poesía comprometida que precisa lectores conscientes, otra cosa es la poesía de superventas, pero eso ya no es poesía, se pongan como se pongan, porque la única excusa de la existencia de la poesía es que sea buena, y por lo tanto, para hacerla, debes ser fiel a ti mismo. No hablar de tópicos ni lugares manidos. La poesía por otra parte, es asombro, es desconcierto. Se hace con el tiempo y desde el tiempo.

PPL: Afortunadamente, en estos últimos años hemos visto cómo has vuelto a publicar con asiduidad. ¿Cómo has vivido este periodo de actividad, y visibilidad, ligado a la publicación de tus tres últimos libros?

JF: Ha sido producto de la casualidad y ha respondido de forma irregular a una serie de requerimientos poéticos: República del aire fue una oportunidad de publicar en una editorial grande, la plaquette Clara incertidumbre responde a mi deuda con la poesía medida y acentual, y Metal fue mi puesta de largo después de unos años trabajando el poema filosófico, fruto de mis lecturas de Cioran, Nietzsche o Daumal; además de eso he terminado una novela y he avanzado bastante en  mis estudios de tesis, publicando numerosos artículos sobre Aníbal Núñez, Ferrer Lerín, Fernández Rojano o Manuel Lombardo. Como dije antes, nunca he dejado de escribir, la publicación de lo escrito, siempre es algo secundario que entiendo en la madurez.

“otra cosa es la poesía de superventas,
pero eso ya no es poesía, se pongan como se pongan, porque la única excusa de la existencia de la poesía es que sea buena”

Portada No hay nada que huya

PPL: Sabemos cuáles son tus influencias poéticas y aquellas de las que bebiste para enfrentar la escritura de No hay nada que huya, pero nos gustaría que nos recomendaras alguna de tus últimas lecturas; no importa el género.

JF: Lo que tengo encima de la mesa, treinta y tres libros alcanzo a contar (solo leo ensayo y poesía), la novela me aburre, excepto la de determinados autores que no abundan del tipo de Salvador Elizondo, Nabokov, Vila-Matas, o Ferrer Lerín novelista. Lo demás es basura. En el escritorio tengo un ensayo sobre Antonio Machado, otro de Gil de Biedma, sus ensayos completos, El pie de la letra, siempre ha sido un referente intelectual, y Hiela sangre de Ferrer Lerín, cuyo estudio estoy terminando después de unos meses.

Recomendaría con vehemencia los Ensayos de Eliot, La aventura sin fin, son de una precisión intelectual insólita en la actualidad, no son nada pretenciosos, frente a la morralla mediática de autores de autoayuda que se las dan de intelectuales.

También recomendaría David Foster Wallace, lo leí este verano en inglés (detesto las traducciones), y tiene uno de los mejores cuentos que he leído en mi vida: «Datum Centurio».

“la novela me aburre, excepto la de determinados autores
que no abundan del tipo de Salvador Elizondo,
Nabokov, Vila-Matas, o Ferrer Lerín novelista”

PPL: En otro orden de cosas, ¿qué opinión te merece la progresiva espectacularización de los oficios literarios a raíz del boom de las redes sociales y las nuevas tecnologías de la información? ¿Es posible afrontar proyectos de peso en un contexto creativo en el que el autor se ve cada vez más involucrado en la promoción de su propia obra?

JF: Basura. Las redes sociales solo nos han hecho más tontos, desesperadamente tontos y arrogantes, y además pensando que tu opinión le puede importar a los demás. Toda demostración televisiva o en las redes sociales de ciertos autores me parece denigrante; lo decía mi querido José Viñals, que siempre diferenciaba entre la poesía y la literatura, consideraba a esta última como una prostitución del arte, todo aquello que se hace en función de las ventas o de cara a la galería pierde valor. En poesía además lo íntimo, el descanso, el sosiego son fundamentales para escribir bien.

En cuanto a que el autor se promocione, parece que es la única salida con la explosión que ha habido de editoriales en los últimos años, todo lo que pueda hacer con su obra, bienvenido sea, pero tendríamos que pensar en lo que publicamos, parece que es una obligación, y nada de eso, a veces estamos mejor calladitos.

PPL: ¿En qué proyectos literarios estás trabajando actualmente?

JF: Mis estudios de tesis que cada vez se ramifican más. Y poesía, he escrito tres poemas de larga extensión desde verano, y aún los estoy trabajando en cuanto a la métrica, las sílabas, los acentos y la musicalidad de los pies métricos, creo que si sigo así los tendré en unos años. No me gusta trabajar rápido.

“Las redes sociales solo nos han hecho más tontos,
desesperadamente tontos y arrogantes, y además pensando
que tu opinión le puede importar a los demás”

PPL: Finalmente, y sin ánimo de meterte en un brete, qué libro de los publicados hasta ahora en la colección Caja de Formas te ha gustado más.

JF: Joder, qué difícil. Todos tienen su aquel, me gustan mucho todos, con sus diferencias, pero, sobre todo temáticas. Diría que los de Lombardo porque es un autor consagrado y maduro, siempre nos enseña a los que vamos detrás de él. El de Ángel Rodríguez aún no lo he leído pero seguro que llegará a consolidar su voz poética.

Nuestros autores: Mario Andrés Candelas

Mario Andrés-Candelas (Madrid, 1982) es Educador Social, Licenciado en Pedagogía y Máster de Estudios Avanzados en Pedagogía por la Universidad Complutense de Madrid. Su trayectoria profesional y personal ha estado ligada a la infancia desde hace más de 15 años. En este tiempo ha participado en diversas entidades sociales de la Comunidad de Madrid, en el ámbito de la educación social y también de la educación escolar. Ha pasado periodos de tiempo en Lima (Perú) y en Sincelejo (Colombia), donde ha trabajado con infancia y, también, en el ámbito de la educación universitaria. Sus investigaciones y publicaciones se centran en la infancia desde un enfoque de derechos, la participación y el protagonismo infantil, la infancia en situaciones de riesgo, exclusión y explotación, las desigualdades en educación, los procesos de segregación escolar y en la construcción de procesos de inclusión educativa. Actualmente trabaja como orientador en educación secundaria y como profesor asociado en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid.

La siempre necesaria relectura de Mella

Que el movimiento libertario ibérico no anda sobrado de teóricos de renombre internacional es una afirmación común en los medios anarquistas, si bien es cierto que entre los anteriores podemos citar a autores –clásicos, eso sí– de peso (y solvencia demostrada) como Ricardo Mella. Hoy hablaremos de él.

En los últimos meses han aparecido dos libros sobre los que merece la pena detenerse aun de forma breve. Nos referimos a La ley del número, publicado por LaMalatesta hace apenas unas semanas, y La Nueva Utopía (Piedra Papel Libros, 2016). Ambos son textos cortos, publicados en innumerables ocasiones en formatos varios y difundidos suficientemente, aunque quizá por eso mismo no haya demasiados estudios que abunden en el valor de ambos ensayos. Sea como fuere, es agradecida la publicación independiente y en formato libro de estas obras, sin duda fundamentales para acercarse con garantías al quehacer teórico del anarquista vigués.

En el caso del primero, La ley del número, nos encontramos con una obra de divulgación pedagógica que, si bien es cierto que ayuda a reafirmarse a los refractarios al sistema electoral, constituye antes que nada un auténtico catálogo de argumentaciones contra la partitocracia redactado para votantes acríticos y sufragistas convencidos. En ese sentido, La ley del número sigue siendo en cierta forma, y todavía a día de hoy, un certero manual para todo propagandista de la abstención activa.

Por contra, La Nueva Utopía es un cuento moralizante y, precisamente por ello, en absoluto inocente, pues, tal y como escriben los editores en la contraportada, el libro en cuestión «nos sirve para profundizar en la cosmovisión anarquista de finales del siglo XIX, sin duda adelantada a su tiempo, pero también deudora de los lastres  -productivismo, hiperracionalismo, tecnolatría- de las ideologías nacidas al calor de la Ilustración». Un cuento, decimos, que valorando lo anterior nos invita a sumergirnos en una lectura crítica de las primeras formulaciones de la sociedad ácrata.

Buena oportunidad, por tanto, para acercarse por primera vez a la obra de una autor interesante por la profundidad y amplitud de su pensamiento político, pero también por el didactismo de su estilo, su viveza intelectual y su disparidad temática.

– Fuente: http://www.portaloaca.com/historia/historia-libertaria/12800-la-siempre-necesaria-relectura-de-mella.html

Nuestros autores: Miguel Romero ‘Moro’ y Pepe Gutiérrez-Álvarez

arte-y-revolucion-en-la-comuna-de-paris-cubierta-copiaAmbos autores de Arte y Revolución en la Comuna de París, de nuestra Serie Transhistorias.

Miguel Romero Baeza (Melilla, 1945 – Madrid, 2014). Periodista, conferenciante y militante desde los años sesenta (FLP, LCR), creo la revista Viento Sur, publicación con una importante influencia en la izquierda alternativa, autor de obras como ¡Viva Nicaragua libre! (1979), La Guerra Civil Española en Euskadi y Catalunya: contrastes y convergencias (2006) y Conversaciones con la izquierda anticapitalista (2012). También ha participado en obras colectivas como Porto Alegre se mueve (2003), 1968. El mundo pudo cambiar de base (2008), Enrique Ruano, memoria viva de la transición (2009) y Pobreza 2.0 (2012).

Pepe Gutiérrez-Álvarez (Sevilla, 1946, catalán adoptivo desde 1960). Divulgador, periodista y activista cultural, escribe en toda clase de revistas de historia y cultura. Autor de diversos ensayos biográficos (el último sobre Orwell, amén de unos Retratos poumistas) y de Memorias de un bolchevique andaluz. Su último libro ha sido Una guerra que no se debió perder. El cine sobre el 36.

Nuestros autores: Ricardo Mella (1861-1925)

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Ricardo Mella, autor de La Nueva Utopía (Piedra Papel Libros, 2016)

Ricardo Mella Cea nació en septiembre de 1861, en Vigo, ciudad en la que cursó sus estudios primarios y donde fue educado políticamente por su padre, sombrerero de oficio. En 1877 aparece ya afiliado al partido republicano federal, siendo pronto secretario general en Vigo; acaba el bachillerato en 1880 y colabora en El Estudiante. Se interesó por el periodismo fundando las publicaciones La Verdad y La Propaganda, siendo esta última la que supone su paso del federalismo al anarquismo e influyendo también notablemente en el proletariado de la comarca viguesa.

Se ve desterrado a Madrid debido a un conflicto con un cacique local y allí se verá muy ligado a Serrano Oteyza, casándose con una de sus hijas; animado por Serrano, iniciará estudios de topografía y profundizará en su pensamiento anarquista, alejándose definitivamente de su republicanismo juvenil. En 1883 sobresale ya como escritor anarquista desde la Revista Social, forma parte en el jurado que expulsa a Pablo Iglesias de la FRE y protestó por la represión iniciada a raíz del caso de la Mano Negra en Andalucía.

Adopta las tesis bakuninistas del colectivismo, doctrina que define como la posesión común de la riqueza natural y social, así como de todos los medios de producción, pero la posesión privada de los bienes de consumo elaborados individual o colectivamente. En 1895, regresa a Vigo, para trasladarse dos años después a Pontevedra, obligado siempre por su trabajo de técnico en la construcción del ferrocarril. En su estancia pontevedresa, aparece, según J. A. Durán, “estrechamente ligado a los jóvenes y combativos redactores de […] Se le ve junto con la izquierda obrera, republicana y socialista de la ciudad, en la campaña de mítines de protesta por los procesamientos barceloneses”, e inicia la tarea de extender la propaganda anarquista entre el campesinado gallego, inspirándose en su experiencia andaluza.

En 1887 se publica su obra La reacción en la revolución que supone una defensa del colectivismo frente al comunismo; un año después funda en Sevilla La Solidaridad, baluarte colectivista. En los años sucesivos, su pensamiento sufre cierta evolución, simpatizando primero con la variante colectivista-mutualista de Lum, rechazando el dogmatismo económico anarquista y adoptando más tarde el anarquismo sin adjetivos de Tárrida de Mármol, que mantendrá hasta su muerte.

En 1889 funda La Alarma; durante esos años se ve inmerso en la gran rebelión de la Andalucía luchadora y da numerosos mítines. En 1899 publica el famoso folleto La ley del número, en el cual desmitifica el electoralismo y el parlamentarismo; en 1900 fue delegado delegado español en el Congreso Anarquista Internacional y en 1901 se traslada a Asturias como topógrafo del ferrocarril de Langreo e influirá notablemente en el obrerismo libertario de la región; en los primeros años del siglo las publicaciones de Mella son menos numerosas, aunque sigue colaborando para revistas como Tierra y Libertad y La Revista Blanca, de Madrid, Juventud, de Valencia, y Natura, de Barcelona. Pero a partir de 1904, inicia en Gijón, ciudad a la que se había trasladado dos años antes por motivos de trabajo y exigencias de su numerosa familia -tenía doce hijos-, un período de silencio, ante el surgimiento de grandes divisiones en el seno del anarquismo y el sindicalismo revolucionario en España. De todos modos, su estancia en la ciudad asturiana se dejó sentir en las organizaciones de corte libertario, a través de la huella que dejó en Pedro Sierra, su primer biógrafo, y Eleuterio Quintanilla.

En 1909 vuelve con fuerza al denunciar el jacobinismo reinante desde las páginas de Tribuna Libre, Solidaridad Obrera y otras publicaciones. En 1910 fija su residencia en Vigo, donde alcanza notoriedad social como director de la compañía de tranvías y escribe para Acción Libertaria y El Libertario, polemiza con Tierra y Libertad y traduce a Kropotkin; en este año publica el folleto Cuestiones de enseñanza donde defiende una escuela neutra en la que se huya del dogma (inclusive el ideal ácrata que no se debe enseñar o imponer), se respeten las propias conclusiones del educando y en la que el racionalismo no es necesariamente la respuesta, ya que se trata de un concepto relativo

En la Primera Guerra Mundial se muestra a favor de los aliados y parece que vuelve a alejarse del anarquismo de nuevo debido a la polémica del jacobinismo, aunque su escrito Doctrina y Combate, perteneciente a 1922, parece desmentirlo. Apunta J. A. Durán que ese mismo año lo visita Abad de Santillán y se confiesa “acabado para la lucha, distante de la experiencia sindicalista de un Seguí o de un Pestaña“. Al parecer, según señala Pedro Sierra, “en los últimos años, aun sin dejar de ser profundamente libertario, había evolucionado Mella hacia una comprensión de las ideas por encima de todos los dogmas, una suerte de escepticismo filosófico con gran fondo idealista”. Mella murió el 7 de agosto de 1925.

Mella es uno de los teóricos más brillantes del anarquismo español, de extensa labor caracterizada por la moderación y de gran influencia en la CNT asturiana; muchas de sus ideas están lejos de estar desfasadas y son, todavía hoy, ejemplos de libertad, antiautoritarismo, tolerancia y heterodoxia, que traen a colación las palabras del anarquista gallego: “no pongáis muros al pensamiento”. Como ya se ha señalado, recogía la herencia del colectivismo y simpatizaba con el anarquismo literario de Azorín; el conflicto con el jacobinismo anarquista era constante debido a su antiautoritarismo radical, cree en el empuje de las minorías y su individualismo le alejaba de la organización, aunque saludó la creación de CNT; defiende la revolución personal y cree que el progreso social es fruto del individualismo en rebelión contra la masa por lo que aspira a mutar la misma por una comunidad de individuos que actúen como Dios/Rey.

No considera una bondad ni maldad innatas en el hombre, dependiendo ello de la dirección que se le imprima; la pasión, posible elemento distorsionador en una sociedad anárquica, no la entiende como algo negativo, lo malo es su corrupción y su medio en la sociedad autoritaria; rechaza el pactismo social de Hobbes y Rousseau, al que opone la coacción moral y social y espíritu público -aunque ello le enfrenta parcialmente a su desconfianza del espíritu revolucionario de la masa-. Su gran objetivo fue la asunción de la triple libertad/igualdad/fraternidad.